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domingo, 23 de junio de 2013

Cuando los padres y madres no cuidan de forma adecuada de sus hijos

En ciertas ocasiones algunos niños y niñas no son cuidados y protegidos de forma adecuada por sus padres biológicos. Cuando esto ocurre, la administración interviene para garantizar el bienestar de estos pequeños y en muchos casos es necesario separarlos de su familia de origen para garantizar su seguridad.

Para que estos niños y niñas puedan disfrutar de una infancia normalizada en el seno de una familia, la legislación española, dispone de dos medidas de protección: el acogimiento familiar y la adopción.

El acogimiento familiar se postula como la opción más adecuada cuando no es aconsejable que el niño pierda su identidad familiar debido a la existencia de vínculos afectivos positivos con algunos miembros de su familia biológica o bien cuando no es posible establecer otra medida más estable.

Por otra parte, en los casos en los que no existe posibilidad de retorno con su familia biológica y la vinculación afectiva es perjudicial o inexistente, la medida idónea es la adopción.

Los pequeños que comienzan la convivencia con una familia acogedora o adoptiva, han tenido que sufrir, por una parte, las brutales circunstancias que han originado la salida de su entorno familiar, que con gran probabilidad ocasionarán alteraciones en su desarrollo.

Por otra parte, a pesar de que su entorno familiar no fuese beneficioso para ellos, hasta este momento, era el único que conocían y por lo tanto, la separación de sus padres desencadena una importante ruptura que lleva aparejado un profundo sentimiento de pérdida. Por desgracia para estos pequeños, esta no es la única separación que experimentarán en sus cortas vidas.

Tras la separación de su familia biológica, algunos niños y niñas son cuidados en centros de protección de menores y otros en familias acogedoras temporales durante el tiempo que transcurre hasta que se consiguen las condiciones necesarias para poder establecer un acogimiento permanente o una adopción.

Estos procesos suelen durar varios meses y en algunos casos más de un año, por lo tanto, los pequeños continuarán con su desarrollo y establecerán nuevos lazos afectivos con las personas que los cuidan. En algunos casos esta será su primera relación afectiva de calidad. No obstante, cuando comienzan a disfrutar de cierta estabilidad deben volver a cambiar de familia.

Como vemos, la vida para estos infantes ha tenido un principio mucho más difícil que para el resto de bebés que son cuidados y protegidos de forma adecuada por sus padres desde su nacimiento. Sin embargo, ahora comienza una nueva etapa para ellos y, en esta ocasión, disponen de una nueva familia que le aportará todo el cariño, cuidados y protección que no han podido disfrutar anteriormente.

La mayoría de los niños y niñas acogidos o adoptados consiguen superar los perjuicios derivados de las experiencias vividas con su familia biológica, de su paso por el centro de protección de menores así como de las sucesivas despedidas que han tenido que afrontar. A partir de este momento podrán disfrutar de una infancia normalizada junto a su nueva familia.

martes, 21 de mayo de 2013

Claves para entender el inquietante mundo de un adolescente

La adolescencia, a pesar de ese halo de inquietud e inseguridad que transmite a los adultos, tan solo es una etapa en el desarrollo evolutivo que todos y todas hemos atravesado irremediablemente para convertirnos en adultos.
Quizá cuando nos encontrábamos inmersos en ella no nos parecía algo importante, es más, con gran probabilidad nos considerábamos personas adultas con más capacidad que cualquiera para llevar a cabo cualquier acción o pensamiento que pudiésemos imaginar.
Sin embargo, en la actualidad existen programas de televisión, libros, escuelas de padres, y un sin fin de recursos que nos orientan sobre la mejor forma de afrontar la relación con un adolescente, ya que esta se presume complicada y tediosa. 
A pesar de que en esta edad se perciben como adultos y dan un gran valor a sus ideas y preocupaciones, para los demás la realidad es bien diferente, los consideran inmaduros y centrados en sí mismos, lo que suele provocar un importante desencuentro.  
 ¿Qué les ocurre en esta etapa?, ¿cómo piensan y se sienten?, ¿porqué se comportan del modo en el que lo hacen?.
Para ponerse en la piel de un adolescente es necesario tener en cuenta algunos cambios por los que atraviesan en estos años. Por un lado se producen cambios físicos y hormonales que acaban transformando el cuerpo de un niño o niña en el de una persona adulta. Además el cuerpo humano no crece de forma armónica y ordenada, aspecto que sin duda, provocará una excesiva preocupación por su imágen externa, puede generar grandes dosis de incertidumbre y en algunos casos supone un duro varapalo para la autoestima.
Por otra parte, comienzan a disponer de la habilidad para pensar como un adulto, entienden con mayor profundidad conceptos abstractos, valoran un mayor número de dimensiones en los problemas y su razonamiento ético y moral es mucho más avanzado. En esta etapa se acaba de forjar su identidad personal y sexual. Deben decidir que tipo de persona quieren ser y para conseguirlo realizarán diferentes pruebas hasta conseguir un ajuste que culminará con la formación de su propia identidad y del sistema de normas y valores que seguirán en el futuro. Por si no fuese suficiente, deberán tomar algunas de las decisiones más importantes en su vida, como son la búsqueda de pareja, qué profesión desempeñarán o en qué lugar vivirán.
Debido a la tremenda importancia de la formación de la identidad, muchas de las experiencias y relaciones vividas en esta época se recuerdan de forma especial y acaban trascendiendo a esta etapa. Prueba de ello es que, en muchas ocasiones, las amistades consolidadas en este periodo son más valoradas que las forjadas en otras épocas o que nuestra música preferida esté relacionada con la que más nos gustaba durante nuestros años de juventud.
Estos y otros cambios hacen que la adolescencia sea vivida por sus protagonistas como una época turbulenta y de gran tensión que acaban transmitiendo a las personas que se relacionan con frecuencia con ellos.  
Aunque no lo parezca, durante estos años necesitan del apoyo y orientación de los adultos, de un sistema de reglas y valores coherentes que les sirva de punto de referencia cuando se encuentren perdidos así como grandes dosis de paciencia y comprensión. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Depresión postparto: causas y prevención

En las sociedades occidentales, existen mensajes culturales que favorecen que poco a poco se forje la creencia de que uno de sus principales objetivos vitales, sobre todo para una mujer es tener y educar a un niño o niña.

Desde pequeñas la mayoría de los juegos con los que se divierten las niñas están relacionados con el cuidado y la crianza de los bebés. De igual forma, muchos cuentos infantiles transmiten el mensaje de que el ansiado final feliz al que toda mujer aspira es tener un príncipe azul con el que formar una familia.

 "No será una buena mujer o no se podrá sentir totalmente plena por muy bien que se desempeñe en el resto de parcelas hasta que no sea madre."

Una vez que se llega a la vida adulta, la mujer, "equipada" con este tipo de creencias, se plantea hacer realidad este sueño y se encuentra con que, en la edad adulta, también existen multitud de mensajes y señales que indican  que estar embarazada y tener un hijo o hija es una de las experiencias más maravillosas que le puede ocurrir a una mujer. 

Por una parte, existe una presión social del entorno próximo que insiste e intenta convencer a las parejas sin hijos para que pongan remedio lo más rápido posible a esta situación, que llega a parecer anormal o patológica si se prolonga unos años. Las futuras madres pronto afianzarán la conclusión de que:

Tener un hijo es algo tremendamente deseable y 
nunca se podrán sentir tan plenas y dichosas como cuando sean madres.

Por otra parte, en las películas, series de televisión o en la publicidad, se transmite una imagen idílica tanto del embarazo como de la crianza de los hijos. Por lo tanto, no es de extrañar que muchas mujeres tengan unas expectativas idílicas sobre el embarazo y los primeros meses de crianza de un bebé.

Todo será maravilloso, cuando nazca mi bebé seré la persona más feliz del mundo. Me embargarán todo tipo de sentimientos de felicidad, dicha y alegría.

Estas expectativas se podrán incrementar notablemente en los casos de adopción y acogimiento familiar ya que por un lado, en muchos casos la esperanza de ser madre se ha visto truncada, al menos de forma biológica, y la adopción o acogimiento supone la última puerta para lograr tan ansiado objetivo.

Por otro lado, estos procedimientos suelen alargarse de forma considerable, llegando a pasar en algunos casos varios años antes de que puedan tener en su compañía al esperado menor, aspecto que favorece que se dispare la ilusión y los sueños sobre lo bonito y maravilloso que será el mundo en el momento en el que pueda "ser madre".

No pretendo argumentar que tener un hijo o hija no sea una de las experiencias más asombrosas que pueda experimentar una persona, sin embargo, cualquier madre o padre estará de acuerdo en que el nacimiento y crianza de un bebé son unos eventos muy estresantes y aún lo son más en el caso de ser la primera vez.

En el parto y los primeros meses se produce un gran cambio en los niveles hormonales que en ocasiones provocan sentimientos de tristeza o irritabilidad, se siente dolor, mucho cansancio, ansiedad e incluso crispación cuando el pequeño no para de llorar o no permite descansar a sus agotados papás. Habrá ocasiones en las que por un momento se generen sentimientos negativos hacia el bebé ya que es el causante de las situaciones que provocan el acusado malestar que sufren los padres.

Estos y otros sentimientos y pensamientos, a pesar de ser totalmente normales en este periodo, chocan frontalmente con las expectativas idílicas relacionadas con la maternidad generando una disonancia en la mamá que puede provocarle un enorme sufrimiento.

En algunos casos las mamás comienzan a preocuparse por pensamientos como los siguientes:

"soy madre, por lo tanto no debería sentirme así", 
"algo debe haber mal en mí estoy sintiendo esto hacia mi bebé", 
"Tengo un hijo, ¿Porqué no me siento plena y feliz?", 
"SOY UNA MALA MADRE"

Por lo tanto, sería recomendable, ajustar las expectativas a la realidad y tener muy presente lo que supone un bebé en términos prácticos, el tiempo que es necesario dedicarle, el estrés y la carga emocional que provoca, para que cuando llegue el momento, los padres se encuentren con una actitud que les permita valorar los aspectos positivos y disfrutar las increíbles e inigualables sensaciones que la crianza y educación de un bebé les puede reportar.


  

sábado, 20 de abril de 2013

¿Es realmente perjudicial dar un azote a mi hijo si se porta mal?

En los últimos años se habrán cansado de escuchar que no es adecuado usar el castigo físico para educar a los menores. La mayoría de los psicólogos y profesionales de la educación aseveran que no es un método efectivo a largo plazo, y que presenta un gran número de "efectos secundarios" negativos.  Por lo tanto la conclusión según los especialistas es que no se debe propinar un azote o incluso gritarle a un niño cuando se porta mal y que podría ser perjudicial para su desarrollo personal. 

Sin embargo, estas afirmaciones contrastan con la experiencia de muchos padres y madres actuales ya que por un lado, ellos cuando eran pequeños recibieron más de un azote durante su educación y es razonable que piensen:  "En mi caso no resultó tan malo" "Yo no estoy traumatizado por ello" etc. Por otro lado, en la educación cotidiana con sus hijos comprueban que si su hijo se está portando mal, y le dan un azote, inmediatamente deja de portarse mal, y además uno se queda mucho más relajado, entonces,...

¡¿CÓMO QUE NO FUNCIONA?¡

En realidad tanto los gritos como el castigo físico, para el que los administra, funcionan como un mecanismo de descarga emocional y para el que los recibe como algo desagradable. Por tanto, es razonable que el que los sufre trate de evitarlos en el futuro y el que los administra sienta cierto alivio tras aplicarlos. 

Debido a lo anterior, inicialmente si que es un método efectivo: si el niño está haciendo algo mal y recibe un grito o un azote en ese instante, la próxima vez, recordará lo ocurrido y puede que desista en su intento. No obstante, a nivel educativo su eficacia es muy limitada ya que existen varios aspectos a tener en cuenta:

Por una parte, todos y todas, en su experiencia cotidiana habrán podido comprobar que cuando una persona grita, al principio, puede resultar desagradable, sin embargo, si lo hace con frecuencia nos acostumbramos y llega un momento en el que nos parecerá algo indiferente. 

Este mismo proceso ocurre en la educación de los hijos. Las primeras veces al pequeño le resulta tremendamente desagradable recibir un grito o un azote, de ahí que inmediatamente cese el comportamiento inadecuado. Sin embargo, al cabo de un tiempo se habitúa y deja de provocar el efecto inicial. En estos casos, para que siga funcionando habría que aumentar la intensidad del castigo, es decir, pegar más y más fuerte, aunque hay que tener en cuenta que el niño con el tiempo se habituaría de nuevo y no se puede aumentar la intensidad eternamente. Pronto nos quedaremos sin recursos.

Por otra parte, no debemos olvidar que los niños y niñas aprenden en gran medida por observación.  Infieren como deben comportarse, relacionarse y como resolver sus conflictos observando e interpretando las actitudes, el comportamiento y la forma en la que sus padres o cuidadores se relacionan. 

De lo anterior se pueden extraer algunas conclusiones importantes: 
  • Ante estas situaciones el menor percibe el creciente enfado y descarga emocional de los padres por lo que pueden interpretar que éstos se han enfadado y se han descargado con él y no que su comportamiento fuese inadecuado.
  • Se genera tensión, nerviosismo y un clima agresivo en el hogar cada vez que tiene lugar un comportamiento que pueda no ser adecuado.
  • El mensaje que aprenderá el niño es "Si no te parece bien lo que hacen los demás has de golpearlos" 
  • No siempre serán niños pequeños, con el tiempo crecerán y si solo se utiliza este recurso,...
¿qué hacemos cuando el infante se convierta en un adolescente de metro ochenta?

¿Responderá a un azote? o aplicará aquello que le hemos enseñado durante todos estos años: 

"Si algo no te gusta GOLPEA, y si no responde: GOLPEA más y MÁS FUERTE."





jueves, 11 de abril de 2013

El fin de la civilización humana

El cine y la televisión suelen expresar las inquietudes y preocupaciones que perturban en mayor medida a la sociedad de cada época. Las películas y series televisivas que nos entretienen no solo se ocupan de describir las bondades y dificultades del mundo en el que vivimos, sino que, con grandes dosis de creatividad, imaginan innumerables formas en las que los individuos o los grupos afrontan grandes retos, experimentan asombrosas aventuras y dan salida a las inquietudes de la sociedad.

Por citar un ejemplo, en el periodo en el que se desarrolló la tecnología que abría la posibilidad de viajar al espacio no tardaron en aflorar una gran variedad de películas en las que o bien los humanos se embarcaban en misiones de todo tipo fuera de nuestro planeta o bien seres de otros mundos nos visitaban con diferentes propósitos y planes para la humanidad.

Siguiendo la misma lógica aunque centrándonos en el presente,

 ¿qué podemos extraer de la sociedad actual, cuales son sus principales preocupaciones y anhelos?

Al contemplar las carteleras de cine o las series de televisión de los últimos años se puede comprobar la cantidad de argumentos que versan sobre un catastrófico e imprevisto fin de la sociedad actual y cómo las personas que quedan construyen una nueva sociedad.

Todo comienza con un evento que puede ser provocado por el ser humano o por causas naturales. La temática elegida para ello es diversa, un meteorito, el cambio climático, un desastre nuclear, una enfermedad devastadora que bien aniquila a la mayoría de la población o los convierte en muertos vivientes, etcétera.

Esta circunstancia consigue acabar de un plumazo, además de con la mayor parte de la humanidad, con la forma de vida actual obligando a los protagonistas a desenvolverse en un mundo en el que las tareas a realizar y la forma de vida son bien distintas a las que desempeñaban con anterioridad al evento catastrófico.

¿Significa esto que deseamos que nuestra civilización desaparezca?
¿Qué subyace en realidad tras estas inquietudes?

Desde mi punto de vista, la sociedad en la que vivimos ofrece grandes comodidades, bienestar e innumerables beneficios aunque no de forma gratuita, a cambio nos exige un alto nivel de esfuerzo y sacrificio.

En nuestra cultura, desde pequeños crecemos pensando que el ser humano es libre y como tal dispone de un gran abanico de opciones sobre el tipo de vida que quiere vivir. El trabajo se plantea como un medio para poder cubrir sus necesidades.

Cuando el niño se va convirtiendo en adulto y comienza a ejercer sus funciones como miembro activo de la sociedad va notando que para cubrir sus "necesidades" necesita dedicar más tiempo del que le gustaría a su formación, al trabajo, etc. Progresivamente irá afianzando su grupo de amigos, sus relaciones de pareja y todo su entorno social.

En este periodo aún puede estar convencido de su situación es temporal, piensa que en breve encontrará un trabajo que le permita una mayor calidad de vida y con menor dedicación. Puede encontrarse bien con su pareja y amigos aunque "sabe" que en el momento que lo desee puede cambiar esta situación.

Sin embargo, conforme pasa el tiempo, el adulto va siendo "atrapado" por la vida ideal que siempre había deseado ya que para mantenerla se le plantean unas exigencias que en muchos casos hacen muy difícil que pueda disfrutar aquello que ha conseguido con tanto esfuerzo: una casa, una pareja, unos hijos, quizá un coche...

Hay casos en los que la persona forma una familia con hijos con la ilusión de poder cuidarlos y disfrutar de su vida en familia, sin embargo, debe trabajar tal cantidad de horas para cubrir sus necesidades que le resulta imposible compaginar ambas esferas, en algunas ocasiones llega a invertirse la situación de la que se partía ya que al no poder dedicar menos horas al trabajo se "abandona" la vida familiar, pasando ésta a un segundo plano. En ocasiones incluso se convierte en un obstáculo para progresar en el trabajo y en una fuente añadida de presión ya que los hijos y la pareja también demandan una atención para la cual no se dispone de tiempo. 

En otros casos es tan alto el nivel de exigencia que tener una familia es "un lujo que no se puede permitir". Bien porque no se dispone de tiempo para ello o bien porque no existen garantías de poder cubrir sus necesidades básicas.

A pesar de los avances tecnológicos y científicos, hay muchas parejas que no pueden tener un hijo, otras no pueden ampliar la familia y las que los tienen no tienen tiempo para cuidarlos.  

            ¿ESTAMOS FAVORECIENDO LA EXTINCIÓN DE LA ESPECIE?

Vivimos en una época en la que el desarrollo de la ciencia nos ha permitido obtener los recursos necesarios para poder cubrir todas las necesidades de forma estable. Es cierto que sin un alto nivel de trabajo por parte de una gran cantidad de personas no se podría conseguir el asombroso nivel de desarrollo y bienestar en el que nuestra sociedad se encuentra en la actualidad.

Sin embargo, la contrapartida es una gran presión y exigencia en el trabajo, dedicación de una cantidad de tiempo que resulta excesiva para poder compatibilizarlo con otras facetas de la vida. Una sensación de incertidumbre  e inseguridad ante la posibilidad de no poder garantizar las necesidades básicas en un futuro próximo.

Por lo tanto, durante su vida adulta, el ser humano moderno, descubre que es prisionero de la vida ideal que desde pequeño soñó y no está psicológicamente preparado para abandonarla ya que él mismo la eligió y ha trabajado muy duro para conseguirla.

Las historias del cine y televisión brindan un inesperado y repentino final de esta forma de vida, liberando a la humanidad, y ofreciendo una nueva oportunidad a los "deseos inconscientes" de volver a disponer de ese abanico de opciones inherentes a la libertad.

domingo, 31 de marzo de 2013

¿Por qué es tan común el miedo a volar?

A pesar de que se encuentra ampliamente contrastado que el avión es uno de los medios más seguros para viajar, un gran número de personas siente terror ante la idea de tener que acercarse a uno de estos grandes "artefactos voladores". En otros muchos casos el miedo no llega a ser tan incapacitante y permite utilizar este medio de transporte, aunque no sin sentir cierto grado de temor o angustia.

En todos los vuelos se puede observar a un gran número de personas que notan como su corazón aumenta de forma considerable las pulsaciones, permanecen atentos a cada ruido y movimiento proveniente del avión, de pronto sienten calor, tensión y la necesidad de mantenerse alerta, siguiendo ese intenso sentimiento de que un desastre puede ocurrir en cualquier momento. 

Las sensaciones objetivas que se pueden sentir durante un vuelo, en la mayoría de los casos son más leves que las que a diario se experimentan en cualquier viaje en coche. 

Por ejemplo, la inclinación al despegar o aterrizar son similares a las que nos sometemos al subir o bajar por una pendiente pronunciada, como ocurre al entrar o salir de una cochera o el aparcamiento de unos grandes almacenes.

Las turbulencias, a pesar del elevado grado de expectativa y activación que causan, suelen sentirse con una intensidad mucho menor a los vaivenes que se experimentan al atravesar una carretera mal asfaltada.

Aunque las sensaciones físicas objetivas sean similares, la interpretación que se hacen de ellas son muy diferentes. En las primeras aparece una inminente percepción de peligro mientras que en el segundo caso estas sensaciones pasan desapercibidas o se toman con normalidad.

Es cierto que aunque no ocurre con frecuencia, cuando tiene lugar un accidente aéreo las consecuencias suelen ser devastadoras y por lo tanto parece sensato evitar un peligro de este calibre por poco probable que sea.

No es menos cierto que son necesarias grandes dosis de fe en la ciencia y tecnología para confiar en que un aparato de gran tonelaje va a mantenernos a salvo cuando nos encontramos a tal altitud. 

Por lo tanto, es bastante probable que estos dos argumentos sean suficientes para explicar que nuestro organismo intente evitar "a toda costa" una exposición a tan magno peligro.

 A pesar de lo anterior, cualquier ser racional debería sentir mucho más terror al subir a un coche que a un avión dado que la probabilidad de fallecer en un accidente de tráfico superan de forma abrumadora a hacerlo en uno de avión

¿significa esto que no somos seres racionales?

Lo cierto es que hace tiempo que la psicología, en su empeño por desentrañar el comportamiento del ser humano, ha demostrado que en numerosas ocasiones no se comporta de forma racional y no me refiero a los casos evidentes en los que media una patología o trastorno que empuja al individuo a seguir pensamientos irracionales, sino en las decisiones cotidianas que toman la mayoría de las personas que gozan de una plena salud mental.

En general, el ser humano, no sigue las leyes estadísticas cuando tiene que realizar predicciones sobre eventos inciertos, como es el caso de la probabilidad de sufrir un accidente de avión o de acertar en la lotería.

En ambos supuestos la probabilidad de ocurrencia es muy escasa sin embargo las consecuencias en caso de que llegara a producirse son extremadamente significativas. Bien nos convertiríamos en millonarios o bien sufriríamos un accidente de avión.

Un aspecto que puede afectar en este tipo de decisiones es que, aunque la probabilidad de sufrir un accidente de avión sea baja, en caso de ocurrir las probabilidades de supervivencia son muy escasas.

En el caso del coche, a pesar de que la probabilidad de morir en un accidente es considerablemente mayor, también es mucho más probable que tengan lugar accidentes en los que los daños sufridos sean leves o inexistentes.

Por lo tanto, el ser humano, abandona la lógica y se siente atemorizado al viajar en un medio objetivamente más seguro ya que en el improbable caso de sufrir un accidente, con gran probabilidad las consecuencias serán devastadoras.

domingo, 24 de marzo de 2013

¿Está el ser humano capacitado para ser monógamo?

A lo largo de los siglos se ha mantenido un ardiente debate para dilucidar si el ser humano tiene la capacidad de permanecer con una sola pareja toda su vida o bien sus genes inexorablemente lo abocarán hacia la poligamia al menos en algunos momentos de su existencia.

Los biólogos se han afanado en su intento por responder a esta cuestión aportado teorías de gran interés. Una de las más aceptadas durante años establece una diferencia entre hombres y mujeres basándose en las diferencias en sus sistemas reproductores.

Exponen que la capacidad del hombre de generar cientos de miles de espermatozoides a diario puede ser un mecanismo que garantiza la supervivencia al posibilitar la fecundación de varias mujeres en un corto periodo de tiempo. Esta circunstancia aumentaría notablemente la probabilidad de que su carga genética prevalezca en las siguientes generaciones.

De igual forma, argumentan que, dado que la mujer tiene un número limitado de óvulos, una vez fecundado uno de ellos, quizá lo que más garantizaría la supervivencia de su bebé sería aferrarse a una sola pareja con el objetivo de que ésta le pudiera ofrecer alimentos y protección.

No pondré en duda la posibilidad de que hace miles de años, en una época en la que existía la necesidad de enfrentarse diariamente a innumerables peligros, estos mecanismos entraran en juego. Sin embargo, a pesar de que no se pueden negar las diferencias biológicas entre hombres y mujeres, desde mi punto de vista estos datos solo demuestran que:

Tanto el hombre como la mujer están biológicamente preparados para mantener relaciones sexuales y procrear con diversas parejas.

Digo hombres y mujeres ya que resulta obvio que la mujer después de cada embarazo podría cambiar de pareja y, de esta forma, aumentar la variabilidad genética que según los defensores de las teorías biologicistas también redundarían en un aumento de la probabilidad para la supervivencia de la especie.

Parece claro que biológicamente la poligamia gana la partida, no obstante, si consideramos las características de la sociedad y el entorno en el que en la actualidad tiene que desenvolverse el ser humano, puede que estas premisas se encuentren totalmente erradas.

En la sociedad actual si un hombre aprovecha su capacidad de dejar embarazada al menos a una mujer cada día, sus hijos, e incluso él 
¿Tendrían más garantías de sobrevivir y llegar a la edad adulta en condiciones para poder perpetuar su carga genética? 

¿Cómo podría garantizar el sustento para tan ingente cantidad de niños, cómo podría trabajar para ofrecerles un hogar donde desarrollarse?

Quizá sería más rentable permanecer con una pareja estable, tener dos o tres hijos y destinar los recursos a garantizar su supervivencia. 

Biológica y económicamente las dos opciones pueden ser validas, sin embargo, ¿qué opción es más apropiada para mantener nuestra salud mental y emocional? ¿Estamos psicológica y socialmente preparados para la poligamia o para la monogamia?

En este plano la respuesta no es tan tajante como en el caso de la biología y, desde mi punto de vista, la opción más apropiada será diferente en función de la sociedad, educación y personalidad de cada individuo.

Por ejemplo, existen culturas en las que impera la poligamia y otras en las que lo más común es permanecer con la misma pareja durante toda la vida. En ambos casos, en general parece funcionar aunque existan casos que incumplan la norma mayoritaria. 

En nuestra cultura, hemos apostado por la monogamia, sin embargo, también parece demostrado que tras la ruptura de una relación o el fallecimiento del compañero o compañera sentimental, es posible establecer una relación con otra persona, sin repercusiones negativas para nuestra salud mental ni emocional. Es más, en la mayoría de los casos resulta beneficioso para ambos aspectos.

Quizá el problema aparece cuando se mantiene una relación con más de una persona de forma simultánea. Es cierto que incluso tras años de estabilidad con la misma pareja, el instinto sexual continúa en funcionamiento y ante un "estímulo sexual apetecible" el organismo se siente atraído e incluso puede iniciar cambios en la química cerebral preparándose para una posible relación sexual. 

En este punto vuelvo a formular la pregunta inicial: ¿Estamos capacitados para obviar estos estímulos y mantener una única relación o luchamos contra la corriente de la genética? ¿Nos sentiríamos mejor si dejamos vía libre a los instintos o si les ponemos freno?  

Entiendo que para sentirse cómodo y a gusto manteniendo una relación monógama es necesario como mínimo:

  • Elegir de forma adecuada la persona con la que establecer la relación. Debe poder reportarnos aspectos positivos estables a lo largo del tiempo.
  • Tener la capacidad de contemplar más de un aspecto de la situación, no solo el atractivo de la persona y la activación sexual que pueda generarse en determinadas situaciones o ante determinadas personas. 
  • Tener la capacidad de inhibir los refuerzos inmediatos. 
  • Valorar las ganancias y perjuicios tanto a corto como a largo plazo.  
Considero que según aumentan estas habilidades más se disfrutará de una relación con una sola persona. Sin embargo, cuando se poseen las habilidades contrarias a las señaladas probablemente se experimente la necesidad de mantener más de una relación de forma simultánea, resultando difícil y desagradable permanecer con una sola persona por mucho tiempo.

Además, de lo anterior me gustaría señalar que en las relaciones personales se establecen vinculaciones emocionales y sentimientos que resultan difíciles de equilibrar y esta dificultad aumentaría cuanto mayor sea el número de personas incluidas, por lo tanto desde mi punto de vista no resultará fácil mantener relaciones simultáneas entre varias personas sin que ninguna de ellas salga dañada en algún momento.

Por todo lo anterior mi conclusión es que el ser humano está capacitado tanto para mantener relaciones monogámicas como poligámicas y según la sociedad en la que viva, las condiciones ambientales en las que se desarrolle y el tipo de valores que adquiera en función de su educación, se encontrará mejor con una u otra opción.