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lunes, 23 de septiembre de 2013

¿Como ayudar a mi hijo a tener una buena autoestima?

La autoestima es la valoración que cada persona realiza sobre el concepto que tiene de sí misma. Los niños crean este concepto basándose en su propia experiencia y aprenderán a valorarse en función del efecto que su comportamiento tenga en las personas que le rodean. Por lo tanto, la forma en la que los padres se dirijan a sus hijos día a día influirá notablemente en la formación de su autoestima.

A continuación señalamos algunas recomendaciones que ayudarán a garantizar el desarrollo de una autoestima adecuada durante la infancia:

Utilizar frases simples y con el lenguaje adaptado al nivel de comprensión del niño. El nivel de comprensión de los niños va avanzando con la edad por lo tanto es necesario que los padres se esfuercen en transmitir mensajes comprensibles para sus hijos.

No usar términos globales. Antes de los seis años el pensamiento de los niños se encuentra polarizado, es decir, entienden la realidad en clasificaciones de dos categorías. O es blanco o es negro, o es bueno o es malo. Para ellos no existen los puntos intermedios.

Por lo tanto es mejor evitar frases como eres tonto, eres malo en el fútbol, etc. ya que aun no tienen la capacidad de compensar con otras cosas que hacen bien y lo convertirán el concepto global de sí mismo: “soy malo”, “soy tonto”

Centrarse en aspectos concretos del comportamiento. Casi hasta los once años los niños no desarrollan la capacidad de razonar utilizando los conceptos abstractos, por lo tanto, es necesario referirse a la conducta concreta.

Por ejemplo, es mejor exponer: “has tirado el jarrón y se ha roto” en lugar de  “eres un desastre”, “todo lo haces mal, etc.”

Resaltar las cosas que hacen bien, sin recordar que otras veces se ha portado mal. Por ejemplo: No sería adecuado: “muy bien, hoy has hecho las tareas a tiempo, pero ayer no quisiste hacerlas”. Mejor: “muy bien, estoy muy contento porque hoy has hecho las tareas a tiempo.”

Es bueno expresar lo que el niño hace bien incluso en los casos en los que la ejecución no es perfecta. Si queremos corregir algo se puede comenzar por el comportamiento adecuado y finalmente exponer el aspecto concreto que puede mejorar:

 “¡Que bien!, hoy te estás limpiando los dientes tu sola. No olvides enjuagarte bien después del cepillado.”



miércoles, 31 de julio de 2013

Descubre las calves para educar a un hijo

Los niños y niñas aprenden de su experiencia cómo funciona el mundo y qué se espera de ellos. Por lo tanto, su comportamiento estará en gran parte determinado por la actuación de las personas que lo cuidan desde su más tierna infancia.
En algunas ocasiones, cuando los niños actúan de manera desafiante, negativa y agresiva hacia sus padres, obtienen consecuencias favorables para ellos, como el cese de las demandas, la retirada de la atención no deseable o la obtención de algo agradable. Como resultado, estas conductas se fortalecen y ocurrirán con mayor probabilidad en el futuro.
Del mismo modo, cuando los padres son muy severos, agresivos o negativos en sus interacciones con los niños, a veces, son reforzados porque esa conducta produce obediencia o elimina una fuerte irritación.
Consecuentemente, tanto los niños como los padres aprenden a tener comportamientos negativos y agresivos cuando se enfrentan a acontecimientos desagradables.
La forma de que el niño aprenda un sistema de normas y ajuste su comportamiento a éste es asegurarse de que siempre reciba las consecuencias apropiadas a sus actos, es decir, si se comporta bien debe tener consecuencias positivas pero si se comporta mal deberán ser negativas. Es necesario tener en cuenta que los niños y niñas necesitan que otras personas establezcan unos límites al comportamiento inapropiado y apliquen consecuencias a la conducta de forma predecible y consistente.
¿Cómo podemos conseguirlo?
Para descubrirlo nos adentraremos en las diferentes situaciones que se pueden presentar durante el cuidado y educación de nuestros hijos:
Hay ocasiones en las que el niño hace algo bien, o lleva a cabo un comportamiento que nos gustaría que mantuviese, como por ejemplo ordena su cuarto, ayuda a un hermano, etc.
Será mucho más probable que vuelva a comportarse de este modo si, recibe algo agradable para él, por ejemplo: si el padre o la madre le dicen:
me ha gustado como has ayudado hoy a tu hermano”
Es importante en estos casos no recordar otras ocasiones en las que no lo ha hecho bien, por ejemplo:
Hoy has recogido tu cuarto, pero ayer lo dejaste todo desordenado”
De esta forma la sensación para el niño es desagradable y por lo tanto será menos probable que intente hacerlo bien otra vez.
En otras ocasiones, el niño se encuentra en una situación que no le resulta agradable, por ejemplo dentro de casa cuando quiere salir. En estos casos, si condicionamos la salida de esta situación a la realización de un comportamiento, es muy probable que el pequeño repita esta forma de actuar en el futuro. Por ejemplo:
Cuando acabes los deberes podrás salir” o,
Cuando ordenes el cuarto podrás ir al salón”.
Hay veces en las que el niño presenta un comportamiento inadecuado, a pesar de que en otras ocasiones se le ha explicado que no debe actuar de este modo. En estos casos, si queremos que aprenda a no realizar este comportamiento en el futuro, las consecuencias deberán ser desagradables para él. Aunque, en primer lugar, cuando sea posible, es recomendable dar un aviso, para ofrecer la oportunidad de que corrija su comportamiento:
No insultes a tu hermana”
Si lo vuelves a hacer ocurrirá X”
En caso de que no obedezca, inmediatamente hay que pasar a la acción y cumplir el la advertencia que le hemos formulado (X). Hay varias formas de conseguir que el niño perciba como desagradable la consecuencia tras su comportamiento:
  • Retirar algún objeto o actividad que le guste durante un tiempo:
    • No ves la Tv durante 15 minutos”
    • No sales al parque esta tarde.”
    • Dejas de jugar a...”
  • Situarlo durante un tiempo limitado en un entorno aburrido.
    • Te sientas en la trona durante dos minutos”
    • Te sales al pasillo durante 5 minutos”
Tanto los gritos como el castigo físico son consecuencias que percibidas como desagradables por los niños, y por tanto, si se utilizan después de un comportamiento inadecuado, es probable que dejen de realizarlo, al menos a corto plazo. No obstante, ya hemos señalado en anteriores publicaciones las consecuencias de usar estas opciones de forma frecuente.
Por último, es muy común que niños y niñas exijan el cumplimiento de alguno de sus deseos porque en otras ocasiones lo han conseguirlo, por ejemplo cuando acompañan a los padres al supermercado y piden un helado, o cuando quieren conseguir la atención constante de su madre o padre incluso en situaciones inadecuadas.
En estos casos, bastará con no prestar atención a las diferentes “escenas”, que desplieguen los niños: por ejemplo: llorar, tirarse al suelo, etc.
Es conveniente señalar, que las primeras ocasiones que se utiliza esta estrategia, es probable que se produzca un aumento de la conducta no deseada ya que el niño o la niña tienen la costumbre de conseguir sus deseos de esta forma (llorando, gritando, etc.) y por tanto pensarán:
no habré llorado suficiente, voy a llorar más”


Poniendo en práctica de forma constante estos procedimientos, en poco tiempo el pequeño aprenderá qué se espera de él y comenzarán a desaparecer las dificultades educativas.

sábado, 13 de julio de 2013

ANSIEDAD


 La ansiedad es una reacción emocional (como la alegría, el amor, la tristeza o la ira) caracterizada por sensaciones de tensión, aprehensión, nerviosismo y preocupación además de la activación o descarga del sistema nervioso autónomo. 

Normalmente aparece en presencia de un peligro o amenaza para el individuo permitiendole estar alerta, sensible al ambiente y aportando un nivel óptimo de motivación para afrontar las diferentes situaciones. Por lo tanto, cuando nos encontramos ante un peligro objetivo, un incremento de la ansiedad puede facilitar un mejor afrontamiento de la situación. 

Imaginemos que vamos por el campo y aparece un oso, automáticamente sufriríamos un aumento de ansiedad que provocaría que el corazón latiera más rápido, que nuestros pulmones funcionaran de forma más eficiente y agudizaría nuestros sentidos para permitirnos afrontar con éxito la situación.

"La ansiedad nos ha posibilitado que salvemos la vida"

El problema surge cuando estamos ante una situación que, objetivamente, no es peligrosa y, sin embargo, aparece la respuesta de ansiedad. En estos casos se convierte en una fuente de malestar y sufrimiento aunque, a pesar de que resulte incómoda, no supone peligro alguno para nuestra salud.

Como veíamos anteriormente la ansiedad consiste en la activación del sistema nervioso autónomo, cuyas manifestaciones pueden ser: Palpitaciones o elevación de la frecuencia cardiaca, sudoración, temblores, sensación de falta de aliento, opresión en el pecho, nauseas, inestabilidad, mareos o desmayos, desrealización, hormigueo en las extremidades escalofríos y sofocaciones. Todos estos síntomas, trascurrido un breve periodo de tiempo, van desapareciendo gracias a la acción de un mecanismo que regula la activación de nuestro organismo (Sistema nervioso parasimpático).

En los casos en los que no existe un peligro real la ansiedad aparece a causa de la interpretación que la persona hace de la situación ya que existe una gran relación entre los pensamientos y la ansiedad. 

Pondré un ejemplo para que se entienda mejor: imaginen que están solos en casa de noche, oyen un ruido y piensan: " ha entrado un ladrón" 

¿cómo se sentirían?...

Ahora consideren la misma situación pero en lugar de imaginar que es un ladrón, en este caso, piensan que el viento ha golpeado la ventana. 

¿Cómo se sentirían ahora?...

Este ejemplo demuestra que dependiendo de cómo interpretemos una situación nuestro estado emocional y, en consecuencia, nuestra conducta van a cambiar. 

¿Qué podemos hacer para desactivar este mecanismo cuando no existe una amenaza real?

Como hemos visto anteriormente, para que un estímulo o situación acabe desencadenando esta desagradable activación del sistema nervioso es necesario que medien unos pensamientos que nos hagan estar convencidos de que ese estímulo es amenazante para nuestra seguridad. 


Estímulo desencadenante 
(Se oye un golpe)
...
Percepción de amenaza
(un ladrón)
....
Activación del SNA

(taquicardia, mareo, temblores, etc )



Por lo tanto si queremos que la ansiedad desaparezca, lo más efectivo es detectar y combatir estos pensamientos, dejar de darles importancia y credibilidad. En el momento que nuestro organismo entienda que esta situación o estímulo no es peligroso se relajará. 

Una vez que el sistema nervioso autónomo está activado, se pueden poner en práctica técnicas de relajación para ayudar al organismo a desactivarse y, al mismo tiempo dejar de sentir los síntomas asociados a esta activación. Para conseguir este objetivo resultan de utilidad las técnicas de respiración abdominal, la meditación, el yoga, el ejercicio, técnicas de relajación muscular o cualquier otra actividad similar. 











domingo, 23 de junio de 2013

Cuando los padres y madres no cuidan de forma adecuada de sus hijos

En ciertas ocasiones algunos niños y niñas no son cuidados y protegidos de forma adecuada por sus padres biológicos. Cuando esto ocurre, la administración interviene para garantizar el bienestar de estos pequeños y en muchos casos es necesario separarlos de su familia de origen para garantizar su seguridad.

Para que estos niños y niñas puedan disfrutar de una infancia normalizada en el seno de una familia, la legislación española, dispone de dos medidas de protección: el acogimiento familiar y la adopción.

El acogimiento familiar se postula como la opción más adecuada cuando no es aconsejable que el niño pierda su identidad familiar debido a la existencia de vínculos afectivos positivos con algunos miembros de su familia biológica o bien cuando no es posible establecer otra medida más estable.

Por otra parte, en los casos en los que no existe posibilidad de retorno con su familia biológica y la vinculación afectiva es perjudicial o inexistente, la medida idónea es la adopción.

Los pequeños que comienzan la convivencia con una familia acogedora o adoptiva, han tenido que sufrir, por una parte, las brutales circunstancias que han originado la salida de su entorno familiar, que con gran probabilidad ocasionarán alteraciones en su desarrollo.

Por otra parte, a pesar de que su entorno familiar no fuese beneficioso para ellos, hasta este momento, era el único que conocían y por lo tanto, la separación de sus padres desencadena una importante ruptura que lleva aparejado un profundo sentimiento de pérdida. Por desgracia para estos pequeños, esta no es la única separación que experimentarán en sus cortas vidas.

Tras la separación de su familia biológica, algunos niños y niñas son cuidados en centros de protección de menores y otros en familias acogedoras temporales durante el tiempo que transcurre hasta que se consiguen las condiciones necesarias para poder establecer un acogimiento permanente o una adopción.

Estos procesos suelen durar varios meses y en algunos casos más de un año, por lo tanto, los pequeños continuarán con su desarrollo y establecerán nuevos lazos afectivos con las personas que los cuidan. En algunos casos esta será su primera relación afectiva de calidad. No obstante, cuando comienzan a disfrutar de cierta estabilidad deben volver a cambiar de familia.

Como vemos, la vida para estos infantes ha tenido un principio mucho más difícil que para el resto de bebés que son cuidados y protegidos de forma adecuada por sus padres desde su nacimiento. Sin embargo, ahora comienza una nueva etapa para ellos y, en esta ocasión, disponen de una nueva familia que le aportará todo el cariño, cuidados y protección que no han podido disfrutar anteriormente.

La mayoría de los niños y niñas acogidos o adoptados consiguen superar los perjuicios derivados de las experiencias vividas con su familia biológica, de su paso por el centro de protección de menores así como de las sucesivas despedidas que han tenido que afrontar. A partir de este momento podrán disfrutar de una infancia normalizada junto a su nueva familia.

martes, 21 de mayo de 2013

Claves para entender el inquietante mundo de un adolescente

La adolescencia, a pesar de ese halo de inquietud e inseguridad que transmite a los adultos, tan solo es una etapa en el desarrollo evolutivo que todos y todas hemos atravesado irremediablemente para convertirnos en adultos.
Quizá cuando nos encontrábamos inmersos en ella no nos parecía algo importante, es más, con gran probabilidad nos considerábamos personas adultas con más capacidad que cualquiera para llevar a cabo cualquier acción o pensamiento que pudiésemos imaginar.
Sin embargo, en la actualidad existen programas de televisión, libros, escuelas de padres, y un sin fin de recursos que nos orientan sobre la mejor forma de afrontar la relación con un adolescente, ya que esta se presume complicada y tediosa. 
A pesar de que en esta edad se perciben como adultos y dan un gran valor a sus ideas y preocupaciones, para los demás la realidad es bien diferente, los consideran inmaduros y centrados en sí mismos, lo que suele provocar un importante desencuentro.  
 ¿Qué les ocurre en esta etapa?, ¿cómo piensan y se sienten?, ¿porqué se comportan del modo en el que lo hacen?.
Para ponerse en la piel de un adolescente es necesario tener en cuenta algunos cambios por los que atraviesan en estos años. Por un lado se producen cambios físicos y hormonales que acaban transformando el cuerpo de un niño o niña en el de una persona adulta. Además el cuerpo humano no crece de forma armónica y ordenada, aspecto que sin duda, provocará una excesiva preocupación por su imágen externa, puede generar grandes dosis de incertidumbre y en algunos casos supone un duro varapalo para la autoestima.
Por otra parte, comienzan a disponer de la habilidad para pensar como un adulto, entienden con mayor profundidad conceptos abstractos, valoran un mayor número de dimensiones en los problemas y su razonamiento ético y moral es mucho más avanzado. En esta etapa se acaba de forjar su identidad personal y sexual. Deben decidir que tipo de persona quieren ser y para conseguirlo realizarán diferentes pruebas hasta conseguir un ajuste que culminará con la formación de su propia identidad y del sistema de normas y valores que seguirán en el futuro. Por si no fuese suficiente, deberán tomar algunas de las decisiones más importantes en su vida, como son la búsqueda de pareja, qué profesión desempeñarán o en qué lugar vivirán.
Debido a la tremenda importancia de la formación de la identidad, muchas de las experiencias y relaciones vividas en esta época se recuerdan de forma especial y acaban trascendiendo a esta etapa. Prueba de ello es que, en muchas ocasiones, las amistades consolidadas en este periodo son más valoradas que las forjadas en otras épocas o que nuestra música preferida esté relacionada con la que más nos gustaba durante nuestros años de juventud.
Estos y otros cambios hacen que la adolescencia sea vivida por sus protagonistas como una época turbulenta y de gran tensión que acaban transmitiendo a las personas que se relacionan con frecuencia con ellos.  
Aunque no lo parezca, durante estos años necesitan del apoyo y orientación de los adultos, de un sistema de reglas y valores coherentes que les sirva de punto de referencia cuando se encuentren perdidos así como grandes dosis de paciencia y comprensión. 

jueves, 2 de mayo de 2013

Depresión postparto: causas y prevención

En las sociedades occidentales, existen mensajes culturales que favorecen que poco a poco se forje la creencia de que uno de sus principales objetivos vitales, sobre todo para una mujer es tener y educar a un niño o niña.

Desde pequeñas la mayoría de los juegos con los que se divierten las niñas están relacionados con el cuidado y la crianza de los bebés. De igual forma, muchos cuentos infantiles transmiten el mensaje de que el ansiado final feliz al que toda mujer aspira es tener un príncipe azul con el que formar una familia.

 "No será una buena mujer o no se podrá sentir totalmente plena por muy bien que se desempeñe en el resto de parcelas hasta que no sea madre."

Una vez que se llega a la vida adulta, la mujer, "equipada" con este tipo de creencias, se plantea hacer realidad este sueño y se encuentra con que, en la edad adulta, también existen multitud de mensajes y señales que indican  que estar embarazada y tener un hijo o hija es una de las experiencias más maravillosas que le puede ocurrir a una mujer. 

Por una parte, existe una presión social del entorno próximo que insiste e intenta convencer a las parejas sin hijos para que pongan remedio lo más rápido posible a esta situación, que llega a parecer anormal o patológica si se prolonga unos años. Las futuras madres pronto afianzarán la conclusión de que:

Tener un hijo es algo tremendamente deseable y 
nunca se podrán sentir tan plenas y dichosas como cuando sean madres.

Por otra parte, en las películas, series de televisión o en la publicidad, se transmite una imagen idílica tanto del embarazo como de la crianza de los hijos. Por lo tanto, no es de extrañar que muchas mujeres tengan unas expectativas idílicas sobre el embarazo y los primeros meses de crianza de un bebé.

Todo será maravilloso, cuando nazca mi bebé seré la persona más feliz del mundo. Me embargarán todo tipo de sentimientos de felicidad, dicha y alegría.

Estas expectativas se podrán incrementar notablemente en los casos de adopción y acogimiento familiar ya que por un lado, en muchos casos la esperanza de ser madre se ha visto truncada, al menos de forma biológica, y la adopción o acogimiento supone la última puerta para lograr tan ansiado objetivo.

Por otro lado, estos procedimientos suelen alargarse de forma considerable, llegando a pasar en algunos casos varios años antes de que puedan tener en su compañía al esperado menor, aspecto que favorece que se dispare la ilusión y los sueños sobre lo bonito y maravilloso que será el mundo en el momento en el que pueda "ser madre".

No pretendo argumentar que tener un hijo o hija no sea una de las experiencias más asombrosas que pueda experimentar una persona, sin embargo, cualquier madre o padre estará de acuerdo en que el nacimiento y crianza de un bebé son unos eventos muy estresantes y aún lo son más en el caso de ser la primera vez.

En el parto y los primeros meses se produce un gran cambio en los niveles hormonales que en ocasiones provocan sentimientos de tristeza o irritabilidad, se siente dolor, mucho cansancio, ansiedad e incluso crispación cuando el pequeño no para de llorar o no permite descansar a sus agotados papás. Habrá ocasiones en las que por un momento se generen sentimientos negativos hacia el bebé ya que es el causante de las situaciones que provocan el acusado malestar que sufren los padres.

Estos y otros sentimientos y pensamientos, a pesar de ser totalmente normales en este periodo, chocan frontalmente con las expectativas idílicas relacionadas con la maternidad generando una disonancia en la mamá que puede provocarle un enorme sufrimiento.

En algunos casos las mamás comienzan a preocuparse por pensamientos como los siguientes:

"soy madre, por lo tanto no debería sentirme así", 
"algo debe haber mal en mí estoy sintiendo esto hacia mi bebé", 
"Tengo un hijo, ¿Porqué no me siento plena y feliz?", 
"SOY UNA MALA MADRE"

Por lo tanto, sería recomendable, ajustar las expectativas a la realidad y tener muy presente lo que supone un bebé en términos prácticos, el tiempo que es necesario dedicarle, el estrés y la carga emocional que provoca, para que cuando llegue el momento, los padres se encuentren con una actitud que les permita valorar los aspectos positivos y disfrutar las increíbles e inigualables sensaciones que la crianza y educación de un bebé les puede reportar.


  

sábado, 20 de abril de 2013

¿Es realmente perjudicial dar un azote a mi hijo si se porta mal?

En los últimos años se habrán cansado de escuchar que no es adecuado usar el castigo físico para educar a los menores. La mayoría de los psicólogos y profesionales de la educación aseveran que no es un método efectivo a largo plazo, y que presenta un gran número de "efectos secundarios" negativos.  Por lo tanto la conclusión según los especialistas es que no se debe propinar un azote o incluso gritarle a un niño cuando se porta mal y que podría ser perjudicial para su desarrollo personal. 

Sin embargo, estas afirmaciones contrastan con la experiencia de muchos padres y madres actuales ya que por un lado, ellos cuando eran pequeños recibieron más de un azote durante su educación y es razonable que piensen:  "En mi caso no resultó tan malo" "Yo no estoy traumatizado por ello" etc. Por otro lado, en la educación cotidiana con sus hijos comprueban que si su hijo se está portando mal, y le dan un azote, inmediatamente deja de portarse mal, y además uno se queda mucho más relajado, entonces,...

¡¿CÓMO QUE NO FUNCIONA?¡

En realidad tanto los gritos como el castigo físico, para el que los administra, funcionan como un mecanismo de descarga emocional y para el que los recibe como algo desagradable. Por tanto, es razonable que el que los sufre trate de evitarlos en el futuro y el que los administra sienta cierto alivio tras aplicarlos. 

Debido a lo anterior, inicialmente si que es un método efectivo: si el niño está haciendo algo mal y recibe un grito o un azote en ese instante, la próxima vez, recordará lo ocurrido y puede que desista en su intento. No obstante, a nivel educativo su eficacia es muy limitada ya que existen varios aspectos a tener en cuenta:

Por una parte, todos y todas, en su experiencia cotidiana habrán podido comprobar que cuando una persona grita, al principio, puede resultar desagradable, sin embargo, si lo hace con frecuencia nos acostumbramos y llega un momento en el que nos parecerá algo indiferente. 

Este mismo proceso ocurre en la educación de los hijos. Las primeras veces al pequeño le resulta tremendamente desagradable recibir un grito o un azote, de ahí que inmediatamente cese el comportamiento inadecuado. Sin embargo, al cabo de un tiempo se habitúa y deja de provocar el efecto inicial. En estos casos, para que siga funcionando habría que aumentar la intensidad del castigo, es decir, pegar más y más fuerte, aunque hay que tener en cuenta que el niño con el tiempo se habituaría de nuevo y no se puede aumentar la intensidad eternamente. Pronto nos quedaremos sin recursos.

Por otra parte, no debemos olvidar que los niños y niñas aprenden en gran medida por observación.  Infieren como deben comportarse, relacionarse y como resolver sus conflictos observando e interpretando las actitudes, el comportamiento y la forma en la que sus padres o cuidadores se relacionan. 

De lo anterior se pueden extraer algunas conclusiones importantes: 
  • Ante estas situaciones el menor percibe el creciente enfado y descarga emocional de los padres por lo que pueden interpretar que éstos se han enfadado y se han descargado con él y no que su comportamiento fuese inadecuado.
  • Se genera tensión, nerviosismo y un clima agresivo en el hogar cada vez que tiene lugar un comportamiento que pueda no ser adecuado.
  • El mensaje que aprenderá el niño es "Si no te parece bien lo que hacen los demás has de golpearlos" 
  • No siempre serán niños pequeños, con el tiempo crecerán y si solo se utiliza este recurso,...
¿qué hacemos cuando el infante se convierta en un adolescente de metro ochenta?

¿Responderá a un azote? o aplicará aquello que le hemos enseñado durante todos estos años: 

"Si algo no te gusta GOLPEA, y si no responde: GOLPEA más y MÁS FUERTE."